miércoles, 14 de noviembre de 2012

LIBRO DEL MES: NOVIEMBRE 2012







Título: ¿Quién educa a quién? Educación y vida cotidiana
Autor:
Eulalia Bosch
Editorial:
Ediciones Laertes. Barcelona
Fecha de Publicación:
2003. 187 págs.


 



De manera recurrente, se podría decir que permanente, asistimos a un debate sobre la educación, pero curiosamente, el gran y pretencioso debate es falso, ya que siempre se ponen en el centro del mismo temas que para mí o son colaterales, en cuanto que no afectan a los aspectos esenciales del fenómeno educativo o bien obedecen a intenciones espurias o perversas. Por otra parte, la referencia para dicho debate es la denominada educación formal, es decir la que se desarrolla en los centros educativos; colegios, institutos, universidades y demás dependencias que prestan el servicio público de la educación. Sin embargo, limitar la incidencia en el desarrollo educativo de los niños y jóvenes de una comunidad a la influencia que pueda ejercer, en los mismos, el denominado sistema educativo, es sin duda una visión restringida y pacata, máxime si tenemos en cuenta que en los últimos tiempos, las influencias sobre la educación de todos, incluidos los que no son tan niños o tan jóvenes, son variadas, y en el caso de los niños y jóvenes más allá incluso de la fuerza primaria y fundamental que el núcleo básico de socialización, es decir la familia en el sentido amplio que se entiende hoy, ejerce en sus miembros.
Si superamos, como es deseable, esta visión restringida, debemos pensar que los niños y jóvenes se educan en un medio, entendido este en sentido amplio, con multiplicidad de personas y entornos. Por tanto, las influencias que reciben para su educación son amplias y diversas, y todas y cada de ellas pueden ser decisivas para su presente y futuro. Así lo entiende Eulalia Bosch que en su libro “¿Quién educa a Quién?”, al que dedico esta reseña defiende las múltiples influencias que un niño puede recibir, provenientes de los lugares y personas más insospechados y que lejos de pasar desapercibidas, pueden ejercer un papel importante para el transcurso de su vida.
Eulalia Bosch fue uno de esos agradables e insospechados descubrimientos que uno no espera encontrarse en un congreso, puesto que como todos sabemos estos eventos organizados para la difusión de los últimos estudios o innovaciones en un campo del saber, habitualmente sirven para todo, menos para ese menester. Pues bien, en el Congreso de las Lenguas que se desarrolló en Salamanca en la primera semana de septiembre, organizado por la OEI y el MECD, tuve ocasión de asistir a una mesa redonda sobre “Leer y comprender el arte”, en la que participó la autora, a la que me refiero, con una breve intervención titulada “Del silencio a la interrogación” que me atrapó, de la misma manera que ella defiende que el arte más allá de ser analizado, leído o comprendido, nos atrapa. Esta profesora de Filosofía e Historia es experta en servicios educativos en los entornos artísticos (fue durante unos años directora de los servicios educativos del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona), y defensora de la necesidad de reflexionar filosóficamente con los niños. Para hablar de la vertiente educativa del arte esta autora tiene publicado un libro, muy recomendable, titulado “El placer de mirar”(1998), hoy desgraciadamente agotado. Y en cuanto a la necesidad de escuchar las preguntas de los niños y reflexionar con ellos podemos leer el libro al que me referiré, de forma algo más detallada, a continuación, “¿Quién educa a Quién? Educación y vida cotidiana”.

“¿Los que duermen en la calle están vivos o muertos?” pregunta un niño después de finalizar un paseo nocturno, en el que vio a una persona que preparaba sus escasos bártulos para dormir en la calle. En el trasfondo de la historia, relatada en el capítulo cuyo título responde a la pregunta planteada, se encuentra la necesidad de entender la muerte como una sorpresa que nos invade cuando estamos desarrollando el proyecto de nuestra vida. “No hay temas vedados para los niños. En realidad, sólo hay temas que los mayores nos vamos vedando a nosotros mismos, aunque a veces les hacemos extensiva a ellos nuestra propia autocensura”, argumenta la autora, para defender la necesidad de hacer filosofía con ellos, superando los prejuicios que nos limitan al educarlos, al pensar que por no haber vivido suficiente no pueden reflexionar sobre las cuestiones más procelosas.

“¿Cuántas sorpresas no generaría el hecho de que cada uno de nosotros dijera un día en voz alta quiénes considera que han sido sus verdaderos maestros?”, se pregunta la autora, más allá incluso de los que nos encontramos en los Colegios e Institutos. Por ejemplo, alguien del entorno de una niña, pero sin lazos familiares con ella, que supo entender una necesidad de afecto no cubierta por quien debería haberla satisfecho en el momento necesario, y que con un beso a tiempo, dio una lección de desprendimiento, de cariño desinteresado, que aquella chica “abandonada” no olvidará en toda su vida. Ese gesto ligero, aparentemente insignificante, formará parte del bagaje moral y sentimental de la niña y, por tanto, supondrá una de las grandes lecciones de su vida que habitualmente rememora. Con esta historia se demuestra que cualquiera nos educa, cualquiera puede ser un maestro y ejercer una influencia decisiva en nuestras vidas.

Pero no sólo educan las personas, las instituciones, los símbolos también pueden educar y deben ser organizados y utilizados a sabiendas de que esto es así. En el capítulo titulado: Las matemáticas y los piratas, la autora defiende la necesidad de crear bienestar intelectual para que los niños y niñas puedan aprender, bienestar que, entre otros aspectos, está relacionado con la comodidad espacial. En definitiva, todos los detalles que aderezan las relaciones y sirven para organizar el mundo en el que vivimos deben ser valorados intencionalmente, pues cualquiera de ellos, y todos acumulados, son decisivos en el proceso educativo. Según lo anterior, debemos reflexionar sobre cómo se vive en la escuela, pero también cómo se vive en la casa, en la ciudad, para qué y cómo se organizan los museos y las bibliotecas y los mercados, qué dicen los periódicos,…

En cada capítulo del libro se parte de una breve historia que sirve de base a la reflexión posterior sobre la necesidad espontánea de descubrir de los niños, sobre la facilidad para incorporar enfoques insospechados para los adultos, ya que estos han sufrido las amputaciones que les impiden adoptar visiones divergentes, como en aquella ocasión en la que un niño de visita en un museo, hablando de los colores, le espeta a un compañero: “yo vivo mejor en el rojo que en el azul”. Que hubiéramos dicho cualquiera de nosotros: me gusta más el rojo que el azul, prefiero las obras en las que predomina el rojo, el rojo me sugiere sentimientos más fuertes, pero yo vivo mejor en el rojo que en el azul, contiene a todas ellas y además nos da la posibilidad de habitar en un color, con todas las ventajas que puede conllevar.

Todo educa y todo puede ser relevante para la vida que nos queda. Como aquellas lecciones de silencio que terminaron siendo las más recordadas, todas las demás, las que correspondían a las asignaturas, pasaron a la zona oscura de la memoria, pero las de silencio que se organizaban para calmar a las cuarenta “fierecillas” que habían acumulado el cansancio de una jornada en la que permanentemente habían realizado tareas lejanas a sus intereses vitales, esas lecciones de silencio supusieron un momento de profunda autoconciencia. Una introducción excelente al espacio interior. De hecho, la verdadera cocina del conocimiento. Sin pretenderlo, esas lecciones –desde su sencillez aparente- abrían las puertas a la introspección, algo que aparentemente no pueden hacer los niños y los jóvenes, puesto que partimos del prejuicio de que éstos no pueden hacer vida de adultos.

En definitiva, ¿Quién educa a quién? propone nuevas visiones de la educación. Como una niña traviesa intelectualmente, la autora nos invita a que analicemos el hecho educativo desde visiones diferentes a las habituales, a que abramos las puertas a otras formas de entender la educación, a que tengamos en cuenta que, lo aparentemente irrelevante o secundario es lo que, a veces, realmente educa. A que se puede aprender de maneras muy diferentes, a la importancia de la experiencia y las relaciones en la educación y más concretamente en el aprendizaje, por lo que debemos darles un carácter intencional y reflexivo. Como se dice en la contraportada del libro, en ¿Quién educa a quién? Los protagonistas son en último término las niñas y los niños, sus asombros, sus preguntas, sus intuiciones, en las situaciones más diversas –en las escuela, sí, pero también en la cocina, en la calle, en el cine, frente a un cuadro, ante la muerte de un ser querido-, no como portadores de verdades primigenias sino como incitación a la reflexión… Para la reflexión y el disfrute, propongo la lectura de este libro que, sin duda, aporta una visión profunda, en la que los niños son el centro de la educación, por ser educados, pero también porque nos pueden educar, si nos dejamos, en la que todo es educable y todo educa.

Más información en http://www.edrev.info/reviews/revs98.pdf

José María Pérez Jiménez
Inspector de Educación







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